
El corazón está callado. Apenas saluda al sol. Y llora con los atardeceres.
El corazón no sabe que le pasa. Se da vueltas y vueltas entre los árboles y no encuentra respuesta. Un silencio controla todo. Nada se responde. Nada encuentra sentido. Un ermitaño del sur llega. Lo mira de frente y extiende sus manos, el corazón brinca en ellas, se acurruca.
El ermitaño sube la montaña con él en su mochila, por las noches le cuenta de lugares lejanos, de países donde no existe la noche y de otros en los que sólo ven lunas. A la hora de dormir, lo deja sobre el suyo para escuche la vida que se esconde en su cuerpo. El corazón deja de llorar y esboza una leve sonrisa antes de dormir.
Al llegar a la punta de la montaña, el ermitaño habla con las aves en busca de las águilas. Le explica al corazón que ha terminado su misión, que él no puede seguir ayudando, que por ello convoca a las águilas, ellas lo llevaran más allá del cielo y entonces podrá encontrar su lugar.
El corazón llora. Le dice que quiere quedarse con él. El ermitaño le dice que no, que el debe buscar otro corazón perdido para llevarlo al lugar que pertenece. Cinco águilas de plumas plateadas aparecen, una de ellas extiende una canasta al ermitaño donde deposita el corazón. Lo besa por última vez. Las águilas levantan vuelo y se pierden en el cielo. El ermitaño no sabe el destino del corazón, sólo había entendido que era lejos, mucho más allá de la luna.
El ermitaño sigue sin entender cómo es que sabe que hacer con cada corazón que se encuentra. Sólo entiende que deben de llegar al lugar que fueron forjados.
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