Me miró y solté una risa, le conté lo bien que iba todo, le explique que me sentía incluso feliz con los sucesos y de cómo había analizado algunos eventos, sus pros y sus contras. Me volvió a preguntar si acaso necesitaba algo más de él, le dije que sólo me hablará de mi, sobre lo que en las últimas cuatro sesiones le había dicho para tratar de entender mis incontrolables lágrimas. No dijo nada. Intento explicarme que tal vez el estres acumulado había reventado, justo ahora que al sentirme tan libre me podía dar permiso de soltarme y entonces el llanto había llegado.
Miré el reloj, faltaban aún quince minutos. Lo miré desde su silla, con la libreta en la mano pero sin su pluma ni sus lentes. Le pregunte que ¿qué pensaba? "No pienso nada, sólo en tu llanto que hoy no le veo explicación y sin embargo debe tenerla."
Me senté frente a él sin lágrimas y con una voz tranquila le pregunté: ¿Y qué hago con mis hombres? No dijo nada, miró el reloj, vio que faltaban cinco minutos y sólo me aconsejo dejarme querer, cómo cada uno te pide que seas, lo que ellos necesitan, lo que le momento te pide, lo que tú puede darles; se quedo pensativo un minuto y continuo, sólo te pido que no vuelvas a venir a mi consulta, te daré el nombre de una colega, tal vez sea mejor para ti.
Termina mi tiempo, salgo, no pago la sesión, tengo una cita con él para el café, me ha pedido que lleve mis textos, libros de filosofía, algunos de literatura y que por favor que no hable de los otros.
*La foto es del consultorio del Psicoanalista
Víctor Hugo Cruz en Oaxaca
Víctor Hugo Cruz en Oaxaca

