No sé. No digo tampoco no es como años antes que gritaba mi ignorancia. Tampoco digo decidida sobre los pasos de mi historia.
Ahora soy silencio, ni lágrimas ni soledad. Dejo que tus manos gesten su danza y las dejo bailar solas con la silueta que nombras, no con mi cuerpo o mi nombre. Mi cuerpo se esconde entre las murallas medievales de otro lugar, de otro tiempo, ruinas que se caen ante la mirada de los cibernautas. Asumí que ni el deseo me permite compartir las noches contigo. Fuiste de los pocos hombres de mi vida, que me gusto demasiado físicamente, mucho antes de saber su nombre. Somos seres de extrañas dimensiones que chocan con miradas. No vale la pena que perdamos el tiempo construyendo una quimera, el destino nos lo va a cobrar.
No vale la pena caminar tomados de la mano, justamente cuando sé que tus palabras van con el viento y tus actos con el agua, en cambio mis palabras van con el fuego y mis actos con la tierra, más precisamente con la montaña.
No somos el contrate que nos permite formar un tejido. Somos acaso un encuentro de guerreros buscando sobrevivir.
Tu eres fuego. Yo soy aire. Y aunque nuestra palabras habiten el opuesto, no podemos ser uno.
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