Es tarde, el sabor a durazno se impregna en el salón, Mario me mira y no para de llorar. Mario a sus seis años está incontenible. No para de llorar desde las diez de la mañana que les conté que había faltado a darles su taller de lectura de la semana pasada porque mi abuelo había muerto y tenía que ir con mi familia para el funeral. La clase iba bien, Mario sólo tenía un pequeño hipo, todo seguía su curso normal de un taller de primer año de primaria, algo de alboroto, manos arriba, risas del cuento que les contaba y al momento de preguntarle a Mario que si le había gustado el cuento, lloro, fue como abrir la compuerta de una presa.
Di por terminado el taller y llame a su maestra, le dije que llevaría a Mario a mi despacho y que una vez que se tranquilizará lo regresaría al salón. Ella me pregunto con cara de susto qué había ocurrido, no pude decir nada porque Armando ya estaba organizando al grupo para jugar guerrita de papeles y tuvo que entrar ella corriendo a ponerles un ejercicio de caligrafía.
Mario me tomo la mano, lloraba quedito, llegamos a mi despacho, deje los libros en un escritorio, me senté en el sillón y lo senté en mi regazo, lo abrace, siguió llorando, se quedo dormido y seguí acariciando su cabeza.
Pase dos horas con Mario dormido, pasaron dos horas más, despertó, le conté un cuento y comenzó a llorar nuevamente, no para, no sé que hacer.
Pasan afuera de mi despacho y me avisan que acompañe a Mario a recoger sus cosas, su mamá está en la puerta y espera por él.
Lo tomo de la mano y camina cabizbajo, lloriquea, no ha podido hablar desde que comenzó su llanto, entramos a salón y huele a durazno, por un momento Mario me mira, creo que tiene hambre, tomamos sus cosas y vuelve a llorar, está incontenible, viene la psicóloga, su madre y la directora, no sé que decir, no puedo explicar que ha pasado.
La psicóloga se lleva a Mario que gimotea, se suelta y viene a mi lado, me abraza y dice que me quiere mucho, me pide perdón. No entiendo lo que un niño de 6 años tiene en la cabeza o en el corazón para hacer lo hace. La psicóloga vuelve lo lleva en brazos y me quedo con la madre y la directora. Les narro lo ocurrido en el día. La madre explica que Mario lleva meses llorando cada vez que escucha la palabra muerte sin razón. Nadie entiende.
Han decidido que Mario tendrá que ir a ver a la psicóloga una vez a la semana, el pregunta si puede venir a verme a mi una vez a la semana para que le cuente un cuento sólo a él. Acepto. Mario toma sus cosas, me dice que me quiere y que le encanta que le cuente mis cuentos. Lo abrazo, lo entrego a su madre y se va.
Al cabo de tres meses hago un experimento, llevo un cuento en el que uno de los personajes muere, lo leo, todos gimotean, Mario me mira, no llora, creo que hemos ganado la alegría de un niño, él no lloriquea, pero esto también me preocupa.
Al terminar el taller, se acerca a mi, me abraza, me dice que me quiere y me dice que no le gusta que cuente libros tristes, dice que ya aprendió a no llorar, pero dice que algo aqui dentro, señalando su pecho, le duele mucho cuando lo escucha.
viernes 31 de julio de 2009
domingo 19 de julio de 2009
Del presente sin pasado
Regresar a lugares del pasado y darse cuenta que han cambiado es maravilloso, es abrir una puerta al pasado y darse cuenta que en verdad se vive el presente.
Andar por lugares de la infancia y de otros tiempos sin que nos evoquen aquellos años y sólo nos sugieran que hemos existido ahí durante los instantes que nos puede dar la vida es saber que el tiempo es un espiral, que puede tocar el mismo sitio, pero no en el mismo segundo, hay una vuelta que nos lleva más lejos, una que nos dice que ya no veremos las mismas cosas.
Hoy que se vuelve a esos sitios que son más de un pasado lleno de nombres, se puede mirar uno en el espejo, encontrar las canas y decir que todo está en su sitio. Saber que el tiempo ha modificado el lugar, que el cambio siempre es, que nada puede detenerse contra su deseo de estar estático, es restaurador.
Andar caminando por sitios que tienen historia sin que la historia nos reclame es saber que el pasado borra su huella, es saber que podemos vivir el presente, sin correr al futuro.
miércoles 15 de julio de 2009
viernes 10 de julio de 2009
De regreso al laberinto
Volví al laberinto con el cuerpo destrozado. Minotauro no dijo nada, me cargo y me dejo en la cama, hizo curaciones, me arropo y me encerró. Teme que vuelva a salir, teme más que me encuentren los hombres, por primera vez cree que los seres del laberinto me defiendan a diferencia de los hombres. No comprende como es que temen a uno de los suyos y más si es mujer.
Me ha reclamado mi salida. Nunca lo había hecho. Ahora no quiere que vuelva con ellos, dice que soy bruja y ante el temor estúpido de los hombres debo quedarme a su lado, vivir dentro del laberinto, me ha dicho que han hecho consenso y han declarado una tregua para mi, puedo andar por ahí, me han dado permiso de ser parte de ellos pero no debo salir del laberinto.
Abrazo a Minotauro, lloro en su pecho y acepto el trato.
La Gorgona se queda en la puerta, decidida a matar a todo aquel humano que intente adentrarse al lugar de los seres mágicos.
martes 7 de julio de 2009
Anochecer
Hoy es de esos días raros que sé que no estás, que no vendrás, que no debería pensar en ti. Sin embargo una sutil duda me hace pensar en todo lo que significas, en aquello que deseo, en lo que por algún motivo estoy decidida a conquistar, aunque no seas tú, aunque sea otro nombre, otro tiempo, otro lugar.
Es curioso como las muertes de este año me hacen pensar en ti a pesar de la distancia, me hacen intentar creer que algo debo de decirte, que no de debo quedarme callada porque en cualquier tempestad lo que acaso creímos que nos importa se puede perder.
Hoy te pienso. Hoy quisiera entender en que se basa el ir y venir de dos cuerpos que se mienten, se aman, se odian, se dicen, se desdoblan y sin embargo, sin embargo no le hemos dado punto final.
Para la tarde conoceré el nombre de aquel que sin tetras hable de la nueva noche y los nuevos cometas que trazarán los destinos de dos vidas que sin conocerse el azar junta.
Ahora de mañana pienso en aquello que me queda pendiente de decirte, ahora, justo antes de olvidarte.
viernes 3 de julio de 2009
Mujer en la barra
El deseo del cuerpo se vuelve un sentimiento silencioso. Se trepa por la pierna derecha, sube, escala el estomago y el pecho, descansa un segundo en la garganta para en un último empuje llegar a la cabeza ha quedarse ahí, mirando a los que pasan, revisando como posan y como se mueven, por algunos segundos sutiles en otros momentos, con descuido total.
Renata está decidida a no quedarse sola esa noche. Busca y busca entre los que pasan alguna señal que le permite acercarse al indicado. Sabe que lleva tiempo encontrar al hombre indicado. En su mente siempre ha existido la idea que en otra vida seguramente fue cortesana, geisha, hetaira o algo por el estilo; tal vez no una vulgar mujer, sino algo más especial, tal vez una de esas mujeres que por la forma de hablar siempre se tenía amantes de alto rango: militares, príncipes, reyes, todo aquel varón que ostentara poder.
Ahora en este tiempo ella imagina que debe pagar por ser una prófuga de la moral de todos los tiempos, ahora el deseo que anda por su cuerpo no puede expresarse de tal suerte que debe esperar. Sentada en la barra del bar mira como entran y salen hombres. Su papel de cazadora se agota con los años y ahora a sus cuarenta teme decir algo, teme que algún joven la rechaze.
Pide un segundo ruso negro y un hombre se acerca. Pide un vodka y la mira, le pregunta su nombre y Renata trata de coquetear un rato, lo dice y ríe. Él le pregunte por su soledad y ella se sonroja, no dice nada y bebe. El hombre tiene apariencia de estar cerca de los treinta y cinco años, un macho bien cuidado que viste finamente, uñas limpias y grandes, manos suaves. Renata huele que es un ejecutivo. El hombre comienza a hablar sobre lo terrible de la economía, del trabajo, del mundo, ella le responde en la misma temática y comienza hablar de la perdida de sentido. Discretamente él le mira las piernas, las pantorrillas bien torneadas se le hacen suculentas. La invita a una mesa. Renata accede y se sientan en la de en medio. La gente pasa y ellos siguen en la platica, siguen platicando; el hombre le pregunta por su vida y ella sólo dice que es una geisha.
Siguen durante más de dos horas. El pide la cuenta, paga, le roba un beso y le paga. Deja mil pesos. Toma la tarjeta de Renata y se va.
Ella regresa a la barra, el cantinero le sirve un tercer ruso negro y le dice "De verdad que las oidoras son todo un éxito en este bar".
Renata está decidida a no quedarse sola esa noche. Busca y busca entre los que pasan alguna señal que le permite acercarse al indicado. Sabe que lleva tiempo encontrar al hombre indicado. En su mente siempre ha existido la idea que en otra vida seguramente fue cortesana, geisha, hetaira o algo por el estilo; tal vez no una vulgar mujer, sino algo más especial, tal vez una de esas mujeres que por la forma de hablar siempre se tenía amantes de alto rango: militares, príncipes, reyes, todo aquel varón que ostentara poder.
Ahora en este tiempo ella imagina que debe pagar por ser una prófuga de la moral de todos los tiempos, ahora el deseo que anda por su cuerpo no puede expresarse de tal suerte que debe esperar. Sentada en la barra del bar mira como entran y salen hombres. Su papel de cazadora se agota con los años y ahora a sus cuarenta teme decir algo, teme que algún joven la rechaze.
Pide un segundo ruso negro y un hombre se acerca. Pide un vodka y la mira, le pregunta su nombre y Renata trata de coquetear un rato, lo dice y ríe. Él le pregunte por su soledad y ella se sonroja, no dice nada y bebe. El hombre tiene apariencia de estar cerca de los treinta y cinco años, un macho bien cuidado que viste finamente, uñas limpias y grandes, manos suaves. Renata huele que es un ejecutivo. El hombre comienza a hablar sobre lo terrible de la economía, del trabajo, del mundo, ella le responde en la misma temática y comienza hablar de la perdida de sentido. Discretamente él le mira las piernas, las pantorrillas bien torneadas se le hacen suculentas. La invita a una mesa. Renata accede y se sientan en la de en medio. La gente pasa y ellos siguen en la platica, siguen platicando; el hombre le pregunta por su vida y ella sólo dice que es una geisha.
Siguen durante más de dos horas. El pide la cuenta, paga, le roba un beso y le paga. Deja mil pesos. Toma la tarjeta de Renata y se va.
Ella regresa a la barra, el cantinero le sirve un tercer ruso negro y le dice "De verdad que las oidoras son todo un éxito en este bar".
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