
A veces hay momentos que debemos salir de la ciudad para contemplar desde afuera el lugar en el que estamos, mirar los pasos de la naturaleza, contemplar el sol y dejar el ruido de la ciudad.
Dejar la ciudad para encontrar un punto intermedio, para saber que el corazón sigue fuerte y pueda regresar aguantar las ocho horas diarias de trabajo, el contemplar el vecino y encontrar en el otro a ese ser humano que también habita en una ciudad peligrosa, llena de ruido.
Estos son los días en que el refugio debe buscarse desde el hogar mismo, el cuerpo mismo, la vida misma. Son días en que el remolino del mundo nos confunde, nos dice una cosa y trata de mentirnos. Las cuestiones importantes suben y bajan, no se denomina ya con nombre lo importante, porque esa sutileza cambia en la modernidad que sube y baja.
Son momentos en los que encontrar el refugio puede traer un momento de tranquilidad, lo que no se debe olvidar es que se debe levantar uno de ese sitio y seguir, seguir caminando, seguir andando en la caída, dejar el paracaídas abierto y seguir, andar en los espirales que son la única forma de encontrar lo que la vida nos tiene preparados.
Huir es un verbo que tiene cara dulce, pero la tristeza que embarga es tanta que vivir con él cuesta la vida.
Refugiarse en cambio es un verbo que nos da un descanso y nos obliga a regresar a la batalla.
Son días en que miro la luna y en su juego de ser llena y ser nueva, queda el refugio de de andar en la ciudad contemplando el ciclo de ser y no ser.
La imagen pertenece al libro
"El último refugio" de
Roberto Innocenti de FCE