
A los que se los ha llevado el viento
Cuando un nombre pierde peso en el momento que lo pronunciamos, parece que los dolores se hacen olvido y el corazón cierra heridas antiguas para andar despacio en tierra, dar unos cuantos brincos y volar lejos del árbol donde ha llegado un invierno sin aviso.
Cuando al pronunciar un nombre, se queda amarrado en un pasado incierto, que sin futuro se va deshojando en el presente; entonces ese nombre se queda colgado en la pared de los cuadros donde la memoria anda de vez en cuando, pero que el corazón ya no puede opinar si acaso algo le queda guardado de esos tiempos.
Cuando al decir un nombre el corazón ya no siente la pasión, la furia, el dolor o el cariño, es que ha pasado suficiente tiempo para poder olvidar las síbalas que conforman ese todo y dejar en libertad las tardes de preocupaciones, las mañanas de avisos y noches junto al fuego que avivan los pasos compartidos.
Nombrarte desde esta ventana a las once treinta del día, es saberte extraña, desparecida, inhóspita, desierto de furia que no me pertenece, mar abierto donde los tiburones andan buscando presa.
Levantar la voz y llamarte es imposible, el viento me susurra que todo está bien, que los nombres han sido enterrados, porque si él no los siente, es que la garganta dejará de buscarlos.
