Llegue a su consultorio, me tiré en el diván apenas puse el pie ahí, me miró atónito, después de cuatro meses de terapia, era la primera vez que sin repelar me acostaba. Le pedí una cobija que me dio sin preguntar, tomé la caja de pañuelos y empecé a llorar. Después de diez minutos, le explique que no tenía nada, que sólo desde la mañana quería llorar. Me miró y solté una risa, le conté lo bien que iba todo, le explique que me sentía incluso feliz con los sucesos y de cómo había analizado algunos eventos, sus pros y sus contras. Me volvió a preguntar si acaso necesitaba algo más de él, le dije que sólo me hablará de mi, sobre lo que en las últimas cuatro sesiones le había dicho para tratar de entender mis incontrolables lágrimas. No dijo nada. Intento explicarme que tal vez el estres acumulado había reventado, justo ahora que al sentirme tan libre me podía dar permiso de soltarme y entonces el llanto había llegado.
Miré el reloj, faltaban aún quince minutos. Lo miré desde su silla, con la libreta en la mano pero sin su pluma ni sus lentes. Le pregunte que ¿qué pensaba? "No pienso nada, sólo en tu llanto que hoy no le veo explicación y sin embargo debe tenerla." Me senté frente a él sin lágrimas y con una voz tranquila le pregunté: ¿Y qué hago con mis hombres? No dijo nada, miró el reloj, vio que faltaban cinco minutos y sólo me aconsejo dejarme querer, cómo cada uno te pide que seas, lo que ellos necesitan, lo que le momento te pide, lo que tú puede darles; se quedo pensativo un minuto y continuo, sólo te pido que no vuelvas a venir a mi consulta, te daré el nombre de una colega, tal vez sea mejor para ti. Termina mi tiempo, salgo, no pago la sesión, tengo una cita con él para el café, me ha pedido que lleve mis textos, libros de filosofía, algunos de literatura y que por favor que no hable de los otros.
*La foto es del consultorio del Psicoanalista Víctor Hugo Cruz en Oaxaca
Mira que luce impresionante ver las nubes a medio cielo, con el viento que hace las rompe, las reconstruye en cuestión de segundos. Las nubes me encantan, mas el aire me ha dejado con la seguridad que ser parte de sus elegidos es maravilloso, su fuerza es implacable, ha destrozado árboles, casas y se ha hecho escuchar en todo el valle. El aire sin poder verse se siente. A eso me refiero, dijo él, así es el amor.
Son días en que la mañana sólo nos deja el frío, un recuerdo de que todo puede perderse sin saberse cómo, o nos deja en la espera de nuevos comienzos. Las mañana de inviernos nos hablan del calor de otro, de la cama que tibia que se queda en casa, de la miseria humana, del pensamiento desarrollado, del amor abotonado en el pecho. El frío se convierte en mensajero extraño para aquel que le escucha con atención. Una vez mensajero blanco de aventuras exitantes, otras veces mensajero blando de rápido vuelo sin piedad.
Actualmente vive y es feliz.
Le gusta la magia y cree en el Amor sobre toda las cosas.
Escucha con más atención con la que parece y toma nota de cosas que a primera vista son insignificantes.
Tiene un instinto de mamá gallina sobre desarrollado.
Cree que lo mejor del mundo es ser ecléctico, aprendiz infinito y compartir lo que la experiencia le permite.